Lo que no se borra

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Cuando somos chicos la primera amenaza seria a la que nos enfrentamos es brutal y concreta: “Si no haces los deberes te quedas sin pelota”. Ya de chicos comprendiamos lo que estaba en juego, porque la pelota nunca fue un objeto sino un salvoconducto para encontrarse con los demás, para armar un grupo y salir a jugar, la razón exacta para que el barrio fuera un mapa habitable.

El fútbol no cambia la realidad material, es verdad, pero hace un trabajo más silencioso, le regala a un pueblo la certeza de que no está condenado a la resignación, de que todavía tiene pulso para trazar su propio destino con las manos limpias y los pies en el barro.

Por eso cuando llega el silbatazo final de un Mundial la tentación siempre es medir la historia según el resultado. Si ganamos fuimos perfectos, si la suerte nos da la espalda, el abismo.
Pero el verdadero triunfo sucede antes, en medio del camino.

Ocurre en la cancha de tierra con las líneas de cal torcidas. En la cantina del club de barrio que huele a café y tostado de jamón y queso. En la voz del delegado que junta peso a peso para comprar las camisetas y en las manos de quienes lavan el barro de los shorts tras cada partido. Es ahí en la colmena invisible de los clubes barriales, donde hace más de un siglo se incuba nuestra forma de andar por el mundo. Ahí aprendemos que la vida se parece bastante a un partido: hay que pelear la clasificación todos los días, sobreponerse a las finales que la suerte nos negó, y saber que a los rivales más grandes se los mira de frente a los ojos, nunca desde abajo.

Hoy el dolor es deportivo, una anécdota del calendario. El verdadero grito sagrado, los eternos laureles es la memoria del viaje. Saber que mientras haya un club con una luz prendida en alguna esquina y un pibe o una piba esperando un centro, el corazón de esta historia va a seguir latiendo intacto.

Melisa Melinger

Trabajadora de la Dirección de Derechos Humanos

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